Roald Dahl sobre la escritura

Y ahora necesito un sillón como ese
Y ahora necesito un sillón como ese

Ayer por la mañana, en un intento de compensar el mal tiempo y la tristeza, me puse a leer a Roald Dahl. El libro elegido fue Boy, una especie de autobiografía en la que el autor se centra en su infancia y sus años escolares en colegios privados ingleses. Es un libro divertidísimo, a pesar de la dureza de muchas de las anécdotas que nos cuenta, y es inevitable soltar una buena carcajada de vez en cuando.

Roald Dahl es para mí uno de esos autores mágicos a los que recurrir en caso de problemas. Ocupa, más o menos, el mismo lugar que Ray Bradbury en mi panteón particular de escritores, y aunque sus estilos son muy diferentes, los dos tienen esa visión extraordinaria de la realidad y sus historias siempre consiguen hacerme reír o llorar, o incluso ambas cosas a la vez.

Como os digo, ‘Boy’ es un relato de sus andanzas infantiles, pero hacia el final del libro, Dahl nos suelta todo un párrafo sobre el oficio de escribir, y es eso precisamente lo que quiero compartir con vosotros. El autor también tiene otro relato, Pan comido, en el que narra precisamente cómo se convirtió en escritor, y es sin dudarlo una de los mejores historias sobre la vida de un escritor que he leído nunca. Creo recordar que está incluido en Narraciones extraordinarias, pero a veces la memoria me falla.

Y aquí tenéis los pensamientos que el maestro recoge en ‘Boy’.

La vida de un escritor es un verdadero infierno comparada con la de un empleado. El escritor tiene que obligarse a trabajar. Ha de establecer sus propios horarios y si no acude a sentarse a su mesa de trabajo no hay nadie que lo amoneste. Si es autor de obras de ficción, vive en un mundo de temores. Cada nuevo día exige ideas nuevas, y jamás puede estar seguro de que se le vayan a ocurrir. Dos horas de trabajo dejan al autor de ficción absolutamente exhausto. Durante esas dos horas ha estado a leguas de distancia, ha sido otra persona, en un lugar distinto, con gente totalmente distinta, y el esfuerzo de volver al entorno habitual es muy grande. Es casi una conmoción. el escritor sale de su cuarto de trabajo como aturdido. Le apetece un trago. Lo necesita. Es un hecho que casi todos los autores de ficción beben más whisky del que les conviene para su salud. Lo hacen para darse fe, esperanza y ánimo. Es un insensato el que se empeña en ser escritor. Su única compensación es la libertad absoluta. No tiene quien le mande, salvo su propio espíritu, y eso, estoy seguro, es lo que le tienta.

¿Qué os parece? Yo lo suscribo todo, excepto lo de la bebida 😉

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